La lepra existe en Europa desde el siglo III d.c, pero las primeras descripciones datan del 250 a.c. Se cree que tuvo su origen en África y los esclavos la extendieron a Egipto, Siria, Asia Menor, India, China y Europa. Las invasiones y las cruzadas contribuyeron enormemente a su propagación.
La actitud hacia los enfermos de lepra varió notablemente a lo largo de la Edad Media. Hubo momentos en que se les autorizó a mendigar, a pedir “limosnas”, que se dejaban en el suelo para que el enfermo las recogiera una vez que el donante se hubiera alejado o se depositaban en un cesto atado al extremo de una larga vara, para evitar el más leve roce.
La severidad con que la Iglesia y la sociedad trató a los enfermos de lepra no se basaba tanto en el temor al contagio como en la creencia de que el mal era un castigo divino y al convencimiento de que el leproso sentía un rencor hacia los sanos que les inclinaba a las peores perversidades.
También existía la teoría de que los niños que enfermaban de lepra habían sido concebidos en el instinto pecador de la lujuria, no durante el cumplimiento del mandato divino de la procreación. La reticencia hacia este grupo alcanzó incluso a los hijos de los leprosos, que eran obligados a vivir aparte y a desempeñar los oficios más bajos.
Cuando los cruzados enfermaron de lepra, dicho mal dejó de ser pecado para convertirse en una “enfermedad santa” (en el sentido de su tratamiento).
El Diagnostico
Cuando se era diagnosticado como leproso ya fuera por el médico, por el sacerdote y, en algunos pueblos, incluso por el barbero, se emitía un decreto en el que se lo declaraba como leproso. Debido a las consecuencias sociales que esto podía ocasionar, el diagnóstico tenía que ser muy bien revisado y los síntomas correctamente descritos. El estándar de oro para el diagnóstico de la lepra era, la presencia de una destrucción masiva de la cara del paciente, sólo en la presencia de este signo se debía hacer la afirmación de que se trataba de un leproso. Sin embargo, y como lo prueban muchos registros, esto no se aplicó en la mayoría de los casos.
Cuando la enfermedad era diagnosticada en un paciente, el sacerdote iba a su casa y lo llevaba a la iglesia entonando cánticos religiosos. Una vez en el templo, el sujeto se confesaba por última vez y se recostaba, como si estuviera muerto, sobre una sábana negra a escuchar misa. Terminada la homilía, se le llevaba a la puerta de la iglesia, donde el sacerdote hacía una pausa para señalar: "Ahora mueres para el mundo, pero renaces para Dios". Luego se le recordaban las palabras del profeta Isaías, aquellas en que se establecía una relación entre Jesucristo y la lepra, para reconfortar al enfermo. Una vez dicho esto, se llevaba al doliente a los límites de la ciudad donde se le recitaban las prohibiciones: se le prohibía la entrada a iglesias, mercados, molinos o a cualquier reunión de personas; lavar sus manos o su ropa en cualquier arroyo; salir de su casa sin usar su traje de leproso; tocar con las manos las cosas que quisiera comprar; entrar en tabernas en busca de vino; tener relaciones sexuales excepto con su propia esposa; conversar con personas en los caminos a menos que se encontrara alejado de ellas; tocar las cuerdas y postes de los puentes a menos que se colocara unos guantes; acercarse a los niños y jóvenes; beber en cualquier compañía que no fuera aquella de los leprosos; caminar en la misma dirección que el viento por los caminos, etc. No sólo debía alejarse al leproso de la vida cotidiana y de la ciudad, la lepra fue, además, desde el año 757 hasta finales del siglo XIV causa legal de divorcio y de pérdida de todos los bienes comunes.
Los Lazaretos
En el siglo VIII se consideraban contagiosas ocho enfermedades: la peste bubónica, la tuberculosis, la epilepsia, la sarna, erisipela, el ántrax, el tracoma y la lepra. Gregorio de Tours mencionó (hacia 560) hospitales para atender a los leprosos; en esta época se fundó la orden de San Lázaro para llevar pacientes a estos "Leprosarios".
Como consecuencia de la diseminación de la lepra en Europa, la legislación hizo regulaciones que trataban de cuidar y atender a los leprosos, pero sin permitirles el contacto con los ciudadanos sanos. Si uno de los cónyuges de un matrimonio contraía la enfermedad, el otro podía seguirle a la leprosería, aunque no estuviera afectado.
Las primeras leproserías surgieron en Bizancio, en el siglo IV, extendiéndose pronto por Europa dirigidas por los Hermanos de San Lázaro, de donde proviene el nombre de lazaretos por el que fueron conocidos estos establecimientos. También existían en Francia tan temprano como en el siglo VII. En el siglo VII por Rothar Rey de los Lombardos, y por Pipino (757) y Carlomagno (789) en el Imperio de los Francos. La temprana cuenta del hallazgo de casas de leprosos en Alemania, se da en los siglos VIII y IX al igual que en Irlanda, Inglaterra, España, Escocia y los Países Bajos. Ya A mediados del siglo XIII había cerca de 20.000 leproserías en toda Europa.
Estas instituciones fueron orientadas como “casas de aislamiento” del infectado, para el tratamiento curativo de la enfermedad. Fueron fundados y donados como establecimientos religiosos, generalmente fueron puestos bajo el control y manejo de alguna abadía o monasterio por una Bula Papal, la cual designaba cada casa de leprosos para ser provista con su propio cementerio de iglesia, capilla, y sacerdote. Las casas inglesas y escocesas fueron puestas bajo control total de un tutor, canónigo, oficial del monasterio, y, en algunos casos por una mujer superior del monasterio. Los oficiales eclesiásticos de los hospitales y de los internados de leprosos estaban comprometidos bajo las regulaciones puestas en tierra en los estatutos de las instituciones, las cuales tenían que observar estrictamente; especialmente las de ofrecer sus plegarias por el reposo de las almas de los fundadores y de sus familias.
El Tratamiento
Los tratamientos que se recomendaron en la práctica médica medieval más utilizados se encontraban la aplicación de sanguijuelas, “la cauterización y la flebotomía”. De éstos, el más usado fue la flebotomía, que consistía en el corte de grandes venas para limpiar la sangre impura del leproso. Incluso se preparaban ungüentos con la propia sangre del leproso para que fuesen aplicados en sus heridas. Entre otros tratamientos se encuentra el de “la carne de serpiente”. La utilización de las serpientes como tratamiento tenia como argumento la idea de que "un veneno expulsa a otro veneno", sin embargo más que una terapia era un símbolo, donde se relacionaba el cambio de piel de la serpiente con el cambio de piel que necesitaban los leprosos.
La actitud hacia los enfermos de lepra varió notablemente a lo largo de la Edad Media. Hubo momentos en que se les autorizó a mendigar, a pedir “limosnas”, que se dejaban en el suelo para que el enfermo las recogiera una vez que el donante se hubiera alejado o se depositaban en un cesto atado al extremo de una larga vara, para evitar el más leve roce.
La severidad con que la Iglesia y la sociedad trató a los enfermos de lepra no se basaba tanto en el temor al contagio como en la creencia de que el mal era un castigo divino y al convencimiento de que el leproso sentía un rencor hacia los sanos que les inclinaba a las peores perversidades.
También existía la teoría de que los niños que enfermaban de lepra habían sido concebidos en el instinto pecador de la lujuria, no durante el cumplimiento del mandato divino de la procreación. La reticencia hacia este grupo alcanzó incluso a los hijos de los leprosos, que eran obligados a vivir aparte y a desempeñar los oficios más bajos.
Cuando los cruzados enfermaron de lepra, dicho mal dejó de ser pecado para convertirse en una “enfermedad santa” (en el sentido de su tratamiento).
El Diagnostico
Cuando se era diagnosticado como leproso ya fuera por el médico, por el sacerdote y, en algunos pueblos, incluso por el barbero, se emitía un decreto en el que se lo declaraba como leproso. Debido a las consecuencias sociales que esto podía ocasionar, el diagnóstico tenía que ser muy bien revisado y los síntomas correctamente descritos. El estándar de oro para el diagnóstico de la lepra era, la presencia de una destrucción masiva de la cara del paciente, sólo en la presencia de este signo se debía hacer la afirmación de que se trataba de un leproso. Sin embargo, y como lo prueban muchos registros, esto no se aplicó en la mayoría de los casos.
Cuando la enfermedad era diagnosticada en un paciente, el sacerdote iba a su casa y lo llevaba a la iglesia entonando cánticos religiosos. Una vez en el templo, el sujeto se confesaba por última vez y se recostaba, como si estuviera muerto, sobre una sábana negra a escuchar misa. Terminada la homilía, se le llevaba a la puerta de la iglesia, donde el sacerdote hacía una pausa para señalar: "Ahora mueres para el mundo, pero renaces para Dios". Luego se le recordaban las palabras del profeta Isaías, aquellas en que se establecía una relación entre Jesucristo y la lepra, para reconfortar al enfermo. Una vez dicho esto, se llevaba al doliente a los límites de la ciudad donde se le recitaban las prohibiciones: se le prohibía la entrada a iglesias, mercados, molinos o a cualquier reunión de personas; lavar sus manos o su ropa en cualquier arroyo; salir de su casa sin usar su traje de leproso; tocar con las manos las cosas que quisiera comprar; entrar en tabernas en busca de vino; tener relaciones sexuales excepto con su propia esposa; conversar con personas en los caminos a menos que se encontrara alejado de ellas; tocar las cuerdas y postes de los puentes a menos que se colocara unos guantes; acercarse a los niños y jóvenes; beber en cualquier compañía que no fuera aquella de los leprosos; caminar en la misma dirección que el viento por los caminos, etc. No sólo debía alejarse al leproso de la vida cotidiana y de la ciudad, la lepra fue, además, desde el año 757 hasta finales del siglo XIV causa legal de divorcio y de pérdida de todos los bienes comunes.
Los Lazaretos
En el siglo VIII se consideraban contagiosas ocho enfermedades: la peste bubónica, la tuberculosis, la epilepsia, la sarna, erisipela, el ántrax, el tracoma y la lepra. Gregorio de Tours mencionó (hacia 560) hospitales para atender a los leprosos; en esta época se fundó la orden de San Lázaro para llevar pacientes a estos "Leprosarios".
Como consecuencia de la diseminación de la lepra en Europa, la legislación hizo regulaciones que trataban de cuidar y atender a los leprosos, pero sin permitirles el contacto con los ciudadanos sanos. Si uno de los cónyuges de un matrimonio contraía la enfermedad, el otro podía seguirle a la leprosería, aunque no estuviera afectado.
Las primeras leproserías surgieron en Bizancio, en el siglo IV, extendiéndose pronto por Europa dirigidas por los Hermanos de San Lázaro, de donde proviene el nombre de lazaretos por el que fueron conocidos estos establecimientos. También existían en Francia tan temprano como en el siglo VII. En el siglo VII por Rothar Rey de los Lombardos, y por Pipino (757) y Carlomagno (789) en el Imperio de los Francos. La temprana cuenta del hallazgo de casas de leprosos en Alemania, se da en los siglos VIII y IX al igual que en Irlanda, Inglaterra, España, Escocia y los Países Bajos. Ya A mediados del siglo XIII había cerca de 20.000 leproserías en toda Europa.
Estas instituciones fueron orientadas como “casas de aislamiento” del infectado, para el tratamiento curativo de la enfermedad. Fueron fundados y donados como establecimientos religiosos, generalmente fueron puestos bajo el control y manejo de alguna abadía o monasterio por una Bula Papal, la cual designaba cada casa de leprosos para ser provista con su propio cementerio de iglesia, capilla, y sacerdote. Las casas inglesas y escocesas fueron puestas bajo control total de un tutor, canónigo, oficial del monasterio, y, en algunos casos por una mujer superior del monasterio. Los oficiales eclesiásticos de los hospitales y de los internados de leprosos estaban comprometidos bajo las regulaciones puestas en tierra en los estatutos de las instituciones, las cuales tenían que observar estrictamente; especialmente las de ofrecer sus plegarias por el reposo de las almas de los fundadores y de sus familias.
El Tratamiento
Los tratamientos que se recomendaron en la práctica médica medieval más utilizados se encontraban la aplicación de sanguijuelas, “la cauterización y la flebotomía”. De éstos, el más usado fue la flebotomía, que consistía en el corte de grandes venas para limpiar la sangre impura del leproso. Incluso se preparaban ungüentos con la propia sangre del leproso para que fuesen aplicados en sus heridas. Entre otros tratamientos se encuentra el de “la carne de serpiente”. La utilización de las serpientes como tratamiento tenia como argumento la idea de que "un veneno expulsa a otro veneno", sin embargo más que una terapia era un símbolo, donde se relacionaba el cambio de piel de la serpiente con el cambio de piel que necesitaban los leprosos.
1 comentario:
Excelentes investigaciones, saludos.
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