No hay nada mejor que meditar sobre algunas cuestiones marxistas y trasladarlas a la praxis cotidiana, y ojo con esto último, los saberes comprendidos desde ese anclaje político deben ser llevados a la experiencia de la relación intima entre el sujeto y la realidad.
El marxismo posee una premisa fundamental. El proletariado es la clase que se liberará de las cadenas, y luego no sólo a ella sino que redimiria al resto del cuerpo social. Eso se explica básicamente porque corresponde a un momento histórico bastante peculiar. El conocimiento de lo social se establecía sobre cánones modernos y entre ellos el de un supuesto fundamental, la elaboración teórica podría conocer y dar a conocer lo social. Esa “llave maestra” que conecta un segmento social privilegiado con el resto del cuerpo social. Ese supuesto epistemológico, no es otra cosa que uno de los microfacismos más primigenios. Principalmente porque es un supuesto que permite legitimar el fragmento sobre el resto, relaciones sociales jerárquicas, desplazamientos de sectores sociales iluminados.
Más allá de criticar esta cuestión, pretendo detenerme en otra. Este mismo principio epistémico es utilizada por el marxismo, pero en base a un precepto que debemos rescatar. El proletariado es la clase que redimirá la sociedad, en tanto, proletariado encarna las contradicciones absolutas y dialécticas del capitalismo. Éstas entonces localizan el flujo por donde se realiza el capitalismo, la fabrica, la clase trabajadora. Ese precepto posibilita sostener entonces la siguiente cuestión, la territorialización de las contradicciones del capitalismo y en segundo lugar lo social como campo de encarnación de las dialécticas del Kismo.
Hoy en día nos hablan de no-territorialidad del Kismo, pero cabe preguntar eso supone qué lo social no es un campo de encarnación de las dialécticas. Efectivamente, la territorialidad en términos geográficos no es más que virtualidad y el campo de lo social posee una encarnación desperdigada y fluida de las contradicciones del capitalismo, que a su vez, ya no son estructurales sino que fenoménicas. Lo anterior nos sirve para lo siguiente, no existe clase, estamento, sujeto que encarne esas contradicciones estructurales/absolutas del capitalismo. Es la destrucción del cristal unívoco de verdades absolutas y la lluvia de esquirlas “brillantes”. Esto nos pone en la posición necesaria, no de pensar en las piezas, sino que de pensar desde las piezas; son trozos tan pequeños que da lo mismo con quien nos replegamos, todas las formas calzan.
Qué pasa entonces con los sujetos, han dejado de encarnar esas contradicciones, pero han dado cabida entonces, desde cualquier lugar, a la encarnación de múltiples contradicciones. La dialéctica esencial de Habermas da cuenta, de una parte de está cuestión, el mundo de la vida y el sistema, pero esto es aún mucho más complejos. La existencia misma es una posición contradictoria. No es posible pensar en la coherencia y la “transparencia” del comportamiento humano, hoy es pura mutabilidad del carácter, el comportamiento, la incoherencia, lo esquizofrénico.
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