En otros lugares existen todavía pueblos y rebaños,
pero no entre nosotros hermanos, donde hay Estados.
¿Qué es el Estado? ¡Bien! Abrid los oídos,
pues voy hablaros de algo que mata a los pueblos” (Nietzsche)
La historia de Chile a estado marcada por la pugna entre la gobernabilidad y la gobernanza, en donde el primer concepto sólo ha tenido la ventaja material de poder desprestigiar públicamente al segundo, “La política que la sociedad civil hace estallar fuera, en los bordes o en los huecos del sistema institucional, no es ingresada en la Historia por las oligarquías de turno como una contribución positiva al sistema, sino como una trasgresión negativa”.
Antes de continuar es necesario desmenuzar el concepto de gobernanza. De la mano de la respuesta anterior, entenderé por gobernanza al espacio de aparición de un proyecto histórico; un espacio lateral de fiscalización basado en una acción colectiva, “legitima” -o legitimadora si la entendemos como construcción-, de todo sistema que emerge ante la sociedad civil; que como explica Salazar y Pinto, es la principal preocupación de los ciudadanos; “la gobernanza; o sea; el poder (y derecho) de mantener a políticos, tecnócratas y militares sujetos al control cívico y a la razón histórica de la ciudadanía.”. La gobernanza es la culminación soberana de una asociación civil, en consecuencia, su proyecto histórico. De esta manera -pensando en la lógica de Góngora- entender a una sociedad madura como una criatura amorfa del Estado, es pensar a un lado de la gobernanza, es desconocer la asociación de sectores ciudadanos y su proyecto histórico paralelo al del Estado, en palabras Nietzscheanas es “matar los pueblos”. No se puede pensar el desarrollo de una “nación” en base al cuerpo del Estado, que como lo refleja la historia de Chile, es un cuerpo famélico, por una parte de una clase mercantil-financiera descoordinada, y por otra, de una clase política civil oportunista y mejor organizada, o sea la elaboración de unos pocos y no de toda la sociedad. Es cierto que existió una relación de la sociedad civil con el Estado, pero no entendida de modo paternalista (como lo hace Góngora), sino como una relación de diferenciación, de contradicción, de resistencia. Solo considerando este elemento podemos comprender que “en el siglo XIX, el grueso de las relaciones entre grupos y clases se dio al margen de las regulaciones estatales, en frecuente resistencia a lo político, y nutriendo diversas formas de poder local, social y cultural.”; y que durante el siglo XX resurja como pueblo, sobre todo en la crisis de legitimidad de la primera centuria. ¿Cómo detectar entonces la gobernanza?, en los intersticios de la gobernabilidad. La constante estructuración de “matrices de legitimidad”, nos hablan de una crisis existente entre cúpula y base social.
El caso de los pueblos corresponde a un periodo en el desarrollo de la gobernanza en Chile, que durante el s.XVIII hasta mediados del XIX, se erigió desde una base social (desde las comunidades locales-productivas hasta las sociedades de resistencia). Anterior al proceso de crisis Imperial, emergieron comunidades civiles de identidad productivo-exportadora, espacios de convivencia que se desarrollan de modo argumentativo dentro de los Cabildos locales; de modo que en los inicios el Estado se construyo por un espacio comunicativo -dialogo ciudadano-, dentro de cada Cabildo, luego en un Congreso, como una “...convención general de los pueblos”. En el siglo XIX el mal llamado periodo de “anarquía” en Chile, fue el episodio donde los “pueblos” soberanamente deciden reunirse en asambleas populares constituyentes durante 1823-’29 (posterior al periodo de iniciativas militares cesaristas y anterior al autoritarismo político de la oligarquía mercantil-financiera) de manera descentrada, en pro de un proyecto inclusivo. De modo similar durante el mismo siglo, se levanto un proyecto popular basado en una labor en comunidad, una “...acumulación productivista, desplegado en los márgenes del sistema, llevado a cabo por “empresarios populares” y legitimado éticamente por su carácter solidario y humanitario” basada en la constitución de unidades asociativas, relacionados por su trabajo -actividad productiva- y por su convergencia cívica. Este es el punto álgido de la historia chilena, que mezclaba el poder económico y político, en cada Cabildo abierto que se constituían en distintas zonas del país, como una unidad soberana. De modo que si la ascensión del Estado, es el que derrumbó esta instancia de soberanía y gobernanza, es por el ejercicio ciego de una oligarquía que se interesó en expandir la economía al capital extranjero y al desarrollo mercantil –su potencial-. Esto se consigue (en un primer instante) con la estructura autoritaria del Estado, la Iglesia, y el desarrollo de una maquinaria militar. Sin embargo esta alianza no rompió la resistencia y como se ve, a comienzos del siglo XX, el elemento de “carácter local” o de gobernanza, es nuevamente potenciado por Luis Emilio Recabarren, al considerar la comuna, como el espacio predilecto para la asunción del gobierno de la sociedad, significaba el escenario por definición donde debía ejercitarse la soberanía popular en vistas a la felicidad. El proyecto democrático, consideraba indispensable al proceso comunitario participacionista, era el modelo de soberanía para todo el pueblo, el ejercicio efectivo de un poder cívico. De modo que si el Estado Chileno borra los gobiernos desde abajo, solo los dispersa, la intención de gobernanza continua como proyecto soterrado, durante todo el siglo XIX y XX deslegitimando el funcionamiento del Estado, y presentando proyecto populares de democracia y gobierno: el movimiento obrero y Recabarren. “Las protestas nacionales (las “marchas del hambre”) desnudaron la “crisis de representación” de la clase política, y la “crisis de legitimidad” del Estado.”. Sólo cuando los gobiernos brotan desde las bases o son fiscalizados duramente por un acción colectiva, se da en ellos una legitimidad duradera, que al revez de la gobernabilidad, no necesitara la creación de instrumentos plásticos que legitimen el gobierno de unos pocos.
En este aspecto ya nos encontramos con el segundo pivote de análisis: la gobernabilidad. En efecto, es contraria a la gobernanza, en la medida que corresponde a un proyecto elitizado, constituido por estratos autónomos de las bases sociales, hablamos de las clases políticas civiles (CPC), las clases políticas militares (CPM), la oligarquía mercantil-financiera (OMF), que plantean gobernar y subordinar a la sociedad civil, mediante recursos como el “monopolio de la violencia legitima”, o la construcción de un Estado Autoritario-Centralizado. En palabras del profesor Salazar, la gobernabilidad es “...la necesidad sistema de mantener a la sociedad civil disciplinada y sujeta bajo un estado de derecho”. Cuando Mario Góngora expone su tesis:
“...el Estado es la matriz de la nacionalidad: la nación no existiría sin el Estado, que la ha configurado a lo largo de los siglos XIX y XX.”.
Nos está señalando que el Estado configura la nacionalidad, el sentimiento de nación de la sociedad civil. Por lo tanto el Estado se ha ejercido como instrumento de gobernabilidad, a través de un “constructo político”, una ficción discursiva -como lo es la idea de nación-, que busca ser la representación del sector más avanzado de la elite dirigente. Esta es la figura de la necesidad sistemática mencionada por Salazar, la necesidad que esta misma elite debe satisfacer para mantener el poder y su autoproducción; en consecuencia, la gobernabilidad es la esencia de flaqueza que conserva la elite chilena, y que se representa mediante un sistema autoritario y represivo (creando un Estado), orientado a la subordinación civil (...en pro del orden público) para el ejercicio de la soberanía de unos pocos (la defensa de la patria). Ahora es prudente preguntar ¿La historia de Chile, es la historia de la gobernabilidad de la oligarquía?; y mejor aún ¿La gobernabilidad ha sido hegemónica en la historia de Chile? Los distintos mecanismos que se han utilizado a lo largo de la gobernabilidad para el ejercicio de su autoproducción, hablan de la crisis que ha tenido que enfrentar la elite, cuando los pueblos no comparten y resisten esa “homogenización aérea”, la relación que existe entre el Estado y la sociedad civil, ha sido siempre de diferenciación. Por ello, es sumamente delicado afirmar al Estado como “la estructuración de poder” o como “el origen de la nación”, ya que siempre es el reflejo del desarrollo de los grupos sociales. Así como la democracia necesita de la burguesía, o el fascismo de Estado de un sistema agrario represivo, o el Comunismo al desarrollo revolucionario del campesinado, notamos que el Estado como dictadura o democracia, tiene sus orígenes en las redes y relaciones de los grupos sociales.
Si el Estado es el modelador de la sociedad, ¿Cómo se entiende que haya existido una clase dominante portaliana y antiportaliana a la vez?. La subordinación política que desarrolla Góngora, solo nos conduce a distintas aporías, y esto pasa porque a su vez, el planteamiento de la tesis es a ratos a-histórica, dibujada desde la noción política, desde los constructos políticos, y no del desarrollo histórico; si bien se me puede criticar que la gobernabilidad también posee su propia historicidad, es necesario comprender que en el vientre del Estado la idea de ser un cuerpo unificado-centralizado ha sido un proceso de largo aliento, por lo mismo, cabe preguntar ¿Puede desarrollarse una historicidad en torno a la vigencia estática de un concepto totalitario que aúna la historia de los segmentos, de los “pueblos”?. El Estado puede ser a ratos un modelador, mediante el uso “legitimo” de sus brazos de ipso y violencia. Pero en el largo aliento, si persiste la idea de un Estado centralizado, es porque está siendo acosado constantemente por proyectos alternativos y corrosivos a su naturaleza, proyectos de gobernanza, con su propia historicidad y construcción colectiva (asociada).
En torno a la idea de las “clases políticas”, podemos retornar al profesor Mario Góngora, para comprender -a modo de ejemplo- que la historia tradicional perfila constantemente no solo perspectivas y desarrollos personalizados (centralizadas), sino también clases o estratos con sus equivalentes políticos; fue la única manera de consolidar la idea de la democracia-representativa. Clase y partido político, como si fueran las dos caras de la misma moneda ¿Serviría este axioma para comprender actualmente al fuerte desarrollo de la UDI en los sectores populares?, es por ello que esta idea de Estado/ politiquería y clase no son necesariamente lo mismo. En esta lógica se mueve Gabriel Salazar y Julio Pinto, caracterizando que en Chile, el partido político inicialmente puede funcionar representativamente de un sector social, pero con el tiempo deviene en elite. La historia política de Chile no se construyó en el disenso, sino en el consenso. Cabe citar aquí a Ranciere cuando nos habla del consenso como cancelación de lo político “El fin de la política y el retorno de la política son dos maneras complementarias de cancelar la política a través de una relación simple entre el estado de lo social y el estado de los aparatos estatales. Consenso es el nombre vulgar de esta cancelación”. Si el consenso ha permitido anular lo “político” (como acción colectiva o como proyecto) le abre paso a lo “pseudopolítico” o sea a la acción concertada de una elite que se representa así misma. “La clase política es una imagen que se obtiene mirando desde abajo...”, o sea desde las bases sociales que pretende representar. Ya que por medio del consenso cancelan sus mecanismos, y se comienzan a mover dentro de un interés privado y autoproductivo de lo pseudopolítico, autonomizandose de la masa ciudadana. Paralelo a este proceso al tratar de legitimar esta maquinaria, se puede proceder a monopolizar la violencia legitima, en otras palabras, abrir ventajas y espacio político a los que poseen las armas, iniciando una clase política paralela a la civil y la ciudadana: la militar. De este modo “La autonomización del poder público puede generar, pues, un monstruo en grado menor: la clase política, y otro en grado mayor: el terrorismo de Estado.”. No es solo el consenso el “mantra” de la pseudopolítica, sino que también es su doble atadura: a) tendiente a recoger la voluntad de los movimientos sociales, y b) a identificarse con el sistema procedimental del Estado. Por lo tanto, al moverse en un espacio paradójico, ambiguo, de prostitución cívica, tenemos a estas clases coordinadas y movidas al unísono, como el sistema parlamentario que no es mas que la centralización del Estado por medio de sus brazos, sus partidos políticos. Este proyecto político divorciado de las bases ciudadanas, nos moverá en el territorio de la inestabilidad, y en la formación inexorable de un Estado autoritario, que solo mediante la utilización de la herramienta represiva, tratará de modelar la ciudadanía a su imagen, semejanza y provecho.