lunes, 19 de noviembre de 2007

¿La risa abunda en la boca de los tontos?...

¿Por qué escribir sobre la alegría y la fiesta?. Por una cuestión revolucionaria, el encuentro y el des-encuentro de la filosofía en las prácticas de la existencia. Es dentro de la óptica de Heidegger que comenzamos a cuestionarnos sobre la dificultad de establecerse y desenvolverse dentro de la materia. Si nunca estamos fuera de la filosofía, la operación es sencilla, nunca estamos fuera de la verdad, la revelación, la epifanía. La consagración de la moralina socrática. Si esto es así, en teoría debía encontrarme en cualquier manifestación humana con la imposición de la fuerza de la moral. Y fue así.

Todo remite al origen eufórico de la vida, de la existencia. La risa, la alegría y las fiestas, son los signos de la vida, de la celebración de la vida, como menciona Maximiliano Salinas. Es intensidad, plenitud, placer, es también la potencia de lo sagrado “...el signo eficaz del paso de la muerte a la vida, del no-ser al ser...". La risa como lo sagrado, lo inequívoco, de la vida por encima de las racionalidades profanas, del mundo, del trabajo o la discordia, que fijan las certezas del sentido serio de la vida. Y es ahí donde se sitúa también la escisión metafísica que trata de enajenar mental y corporalmente al eros de la fiesta popular, por una cuestión fundamental, el paso de las transiciones capitalistas, la metafísica valorativa, utópica del trabajo sobre la ociosidad.

El trabajo, la vinculación con la racionalidad y la narrativa moderna, mueve la escisión metafísica, hacia el radicalismo del ascetismo moderno, cuestión que desde fines del siglo XVIII y el XIX en Chile, experimenta fuertemente. La constitución epistemológica de un sujeto racional, desenvuelto en su actualización, devinieron antropo-delirio, la supuesta muerte de Dios, todas cuestiones que son estrategias de mantención; el hombre por encima de todas las cosas (en la época moderna), por encima de Dios, no es más que la suplantación del padre por el hijo; se trata de un “parricidio frustrado”, que no puso fin a Dios, sino que divinizó al hombre....las actividades mundanas fueron desplazadas, la tragedia invadió el sentido humano, y esto marcó las pautas de las elites –siempre referidas a un acontecimiento trágico que las legitiman como tales- sea los vencederos de la guerra de Troya, o más cercano, sean los primeros conquistadores en pisar nuestras tierras.

La tragedia es la marca patricia más persistente, por ello “la araucana” fue la reproducción moderna-hispana de la tragedia griega, en un escenario donde no cabía ni el amor ni el humor. Calza perfectamente los lineamientos de una empresa de conquista (auto-comprendida) como fría-seria-trágica. Así el canon de la seriedad se constituyó en el patrimonio de las autoridades políticas y religiosas principalmente. Los templos debían ser inmaculados, las casas patronales (sobretodo en el siglo XIX) –no lujosas- sino que “austeras” representaciones fieles de las iglesias –en un romance que no termina sino hasta el último cuarto del siglo decimonónico-. En esta primera escisión metafísica de separación entre el sujeto y la mundanidad, la risa, lo cómico, lo alegre, la ascesis moderna bifurcó lo social entre lo patricio y lo plebeyo. Se sigue, ¿Donde podía reinar a sus anchas el humor y la risa?, ya que el mundo festivo siempre sabrá desbordar con sus constantes líneas de fuga sus modos de vida sobre la ascesis moderna. Así en el siglo XVIII la tensión entre ambos se incrementa en una contrapartida entre la institucionalización de la tragedia y el flujo libre de la comedia. (1744, Concepción, el sínodo diocesano debió pedir que “los villancicos burlescos de las maitines de navidad se moderen de aquella suma jocosidad que hace el bullicio una farsa el coro”; 1757, Chillan, quejas de las autoridades acerca de los malentretenidos irreverentes y bromistas irrespetuosos con la honra de los clérigos y las mujeres; 1778, Santiago, el obispo Manuel Alday se opuso a la concesión de un teatro permanente en la ciudad por malestar con la cultura cómica: “no puede negarse que a lo menos los cómicos están reputados como personas infames y de una vida relajada, por cuyo motivo en algunas partes se les priva de los sacramentos a lo menos a las comediantes (...) así por lo común en este oficio viven siempre en estado de pecado y condenación).

Desde 1810 las contradicciones entre ambos re-sitúan la discusión en un plano más voraz; sobretodo con la victoria conservadora en la Batalla de Lircay que fija radical y violentamente la vida ascética del patricio burgués-católico. Así se institucionalizó un discursos y estilo de vida conservador, pensado en la gobernabilidad social y política junto a la estabilidad cultural. Esto marca el giro de una proyecto distante frente al flujo libre de la comedia y los excesos del pueblo, hasta el extremo de 1853 y la redacción de un manual de moral y buenas costumbres. No es raro entonces, encontrar en este periodo legitimidad para las instituciones y los personajes, basados en la seriedad, la austeridad.

De modo que para la construcción del Estado, desde 1833 se fijaron certezas absolutas, inspiradas en un pacto que dominó el siglo XIX. La refundación del ideario política, de la elites católicas como verdaderos agentes religiosos. Sin embargo esto no se trataba de una vuelta al Chile Colonial e inclusive medieval, de preceptos religiosos-católicos duros; sino la supervivencia de los “enclaves” del poder (dominación, legitimidad) de la Iglesia, dentro de un procesos de expansión de la narrativa moderna: la ascesis.

El régimen por ende se constituyó como represivo en su esencia, con una obsesión por la “pureza del lenguaje”...como el caso del Cuerpo de Serenos, que para 1842 en San Fernando, por ejemplo, eran cuerpos policiales que debían evitar delitos, aprehender delincuentes, evitar alborotos, arrestar ebrios, disolver reuniones no permitidas e impedir la pronunciación de palabras obscenas en la calle. Se configuraba un “cuerpo intocable”, una cartografía mucho mas radical que los tiempos coloniales. Los fueros de la corona, cedieron a la totalización del espacio durante la implantación a la fuerza de la supuesta “república”. Este es el rastro de una nueva metafísica del poder; situada en el horizonte “...el sacrificio de los cuerpos en aras de una placentera vida más allá o de un progreso a futuro”.

El régimen posterior a 1833, marcado por el matrimonio entre la Iglesia y el Estado, o la configuración de la “religión del Estado”, fue el acápite de la estructuración de una agrupación social heterogénea (banqueros, estancieros, extranjeros, eclesiásticos, pequeños burgueses, etc): el cuerpo intocable de la oligarquía, inmaculado, asexuado, puro, austero, católico. De ahí sus claves esenciales, en primer lugar una caligrafía basada en el desconocimiento del otro (a no ser que fuera fuerza de trabajo, rotosa, barata) en el rechazo de su temor: los rotosos. En segundo lugar, el destierro del Eros, las representaciones físico-públicos, como la fiesta de la Challa. En tercer lugar, el persecución en la vida privada de la censura de las costumbres familiares (vigilancia sexual), y la compostura, respetuosa de la liturgia católica que no aceptaba la diversión, y la alegría en fechas como la Navidad.

La tercera dimensión de esta metafísica del poder se estableció por un proceso de aculturación, que influye en el ámbito del trabajo. Desde el periodo de emancipación, la intromisión inglesa se potenció. Trató de entrar directamente en las faenas productivas (minas, esencialmente, 1811 Agua Amarga; 1825 Arqueros; 1832 Chañarcillo), pero debido al deterioro y la poca iniciativa a la inversión en este primer periodo se detuvo. Sin embargo a mediados del siglo XIX, se reconfigura el bloque dominante, los ingleses comienzan a mecanizar las faenas (mecanización del transporte interno, aparición de centrales de energía, silos, plantas refrigeradoras, fábricas de queso y mantequillas, molinos, aserraderos, etc). Todo en el flujo impositivo de una transición bastarda hacia el capitalismo, bastarda en cuanto nunca se reventó o modernizó el sector agrícola; por ende es la pervivencia de una cuestión interesante...el barniz del poder colonial.

Ese barniz marca justamente la intromisión cultural del bicho “civilizacional” (civilización/ barbarie) que trató por un lado reprimir la manifestación corporal de la barbarie-mestiza hispano-americana y por el otro establecer la categoría a-histórica del “orden”, la limpieza social, las formulas urbanas y las rutinas time o’clock...tic-tac...de modo que el trabajo se re-instala en una inspiración metafísica que apunta a tratarlo como un deber, a la mecanización de la mano de obra, la disciplina de ella (cuestión compleja, en olas de imposición-resistencia), la disciplina de los modos de vida, trashumante del peonaje-migrante, rebelde, y sin sujeción.

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