1. La tarea original de una autentica revolución ya no es simplemente “cambiar el mundo”, sino también y sobre todo “cambiar el tiempo”…
Existe una diferenciación explicita entre la historia, la historicidad y la historiografía. Por historia comprenderemos la noción espacial y temporal de una experiencia vivida, vivencia o historicidad, o sea la concreción de un sentido sobre la vivencia; mientras que la historiografía corresponde a la figura escrita de la historia, pero no así de la historicidad. Giorgio Agamben señala que cada cultura desarrolla una determinada experiencia del tiempo para luego recrearlo figurativamente por medio del uso de “imágenes”. Esto implica que cada cultura es capaz de ubicarse física e imaginariamente, así como también su experiencia, que queda registrada de manera oral o escrita en un espacio común para determinada sociedad humana. En la actualidad la historia no ha podido zafarse de una noción rectilínea, continua y progresiva del tiempo [Agamben, 2001]. De modo que todo el sentido humano redunda en esa noción de evolución que se imbrica con lo social, político, sexual, casi todos los aspectos en general. Comúnmente la historia no ha dejado de estar condicionada por una noción de tiempo lineal, e inclusive el mismo materialismo histórico (dialéctico) -que estableció una ruptura con (el sentido) la historia- no ha dejado de pensar en esa básica y conservadora proyección del tiempo.
En la historia es posible rastrear también una prepotencia de sentido, en cuanto la historia subsume el “acontecimiento”, el devenir de la pura facticidad; articula los hechos en una narración y luego lo ingresa en imágenes (que vendrían siendo la posibilidad real de la captura de la historicidad), esto último posibilita domesticar el pasado para retenerlo y disponer de él. Según Sergio Rojas, el acontecimiento es de naturaleza inenarrable en tanto, como sustrato de la historia (El qué) sólo puede darse a conocer mediante la imagen (El cómo). El problema de esto último, es que la imagen es siempre una resistencia, es irreductible al sentido narrativo, puesto que pertenece al campo de la visualidad. Cuando la historia se acerca más al acontecimiento (lo factual del sentido) en ese momento debe ser llenado por la imaginación, de modo que la narración cede su lugar a la imagen [Rojas, 2001]. Entonces la fatalidad de la historia esta dada en la facticidad de ésta última, en otras palabras cuando antes de la narración se acerca a la historicidad. Lo mismo cabe señalar en cuanto sentido y cotidianeidad no se llevan, puesto que el
2. La destrucción de la destrucción o el “sentido en lo fatídico”.
La historia no debe tratar más que un montón de acontecimientos que como imágenes se rememoran sólo en escenarios posibles y re-creables. Como señala Walter Benjamin Articular históricamente el pasado…Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro… En otras palabras, recuperar el pasado agonizante -cada hecho que amenaza con ser olvidado-, por lo mismo debemos de-codificar la matriz reaccionaria de un Alberto Edwards por ejemplo “…son casos aislados y por tanto, sin significación histórica” [Edwards, 2001, pp.78-79]. La única forma posible de romper con la tradición historiográfica conservadora supone encontrar la significación histórica en esos casos aislados este ejercicio nos superpone en el peligro, caer teóricamente fuera de la historicidad, o abandonar la disciplina histórica, en otras palabras. Sin embargo también involucra la concepción necesaria que permita superar el sentido propio de la historia, desde ese campo se inicia una lucha contra el poder.
De modo que la historia es política en la medida que busca re-crear los escenarios posibles para la re-construcción de los acontecimientos pasados, a modo de resistencia. Nunca debe citarse a la historia como un proceso sumatorio de acumulación de experiencias encadenadas, concadenadas. No es la secuencia y concreción de una herencia u otro similar, no se debe tratar el “sentido”. Esto significa que no existe un movimiento social popular en nuestra historicidad y junto a ello, que la clave política en la formación de la “Identidad popular”, no debe comprender una naturaleza de los actores en los procesos de larga duración de acumulación de experiencias y construcciones de tradiciones [Grez, 2005, p.27], sino en la reconstrucción “posible” desde la multiplicidad de experiencias, más que la concreción de una “unidad” el establecimiento de una inconmensurabilidad.
En ese sentido Sergio Grez no es capaz de captar que la memoria se re-construye con lo que recuerda en otras palabras, con lo que no ha olvidado, no es entonces una sumatoria, sino un ensamblaje y a la vez embalaje de experiencias múltiples y hasta contradictorias. La continuidad de la Identidad, es la edificación de la positividad [Laclau & Mouffe, 2006] pensada desde el Estado, donde la eliminación de las contradicciones tiene coherencia, permitiendo edificar los grandes consensos. Sin embargo, la discontinuidad explica la imposibilidad de erigir la política sobre un campo social difuso.
Por ende el verdadero estudio de los sectores populares con la política incluida, es aquella misma que se erige fuera de lo social y estima la autonomía de la política. Mientras que un estudio sin la política incluida, rescata lo propiamente social acercándose profundamente a la comprensión de lo político.
NOTAS
AGAMBEN, Giorgio, Infancia e Historia, Adriana Hidalgo Editoras, Buenos Aires, 2001.
ROJAS, Sergio, La visualidad de lo fatal: Historia e Imagen. En: RICHARD, Nelly & MOREIRAS, Alberto (Eds), Pensar en/la Postdictadura, Ed. Cuarto Propio, Santiago, 2001.
EDWARDS, Alberto, La fronda aristocrática en Chile. Ed. Universitaria, Santiago, 2001
GREZ, Sergio, Escribir la historia de los sectores populares ¿Con o sin política incluida?, Rev. Política, Volumen 44, Otoño 2005.
LACLAU, Ernesto & MOUFFE, Chantal, Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006.